Huerto Roma Verde, Ciudad de México · 12 y 13 de septiembre de 2026
Agosto se llama hongosto por una razón: es cuando la lluvia termina de hacer su trabajo y el micelio, que llevaba meses tejiendo en silencio bajo la hojarasca, decide por fin asomarse. Pero septiembre no cierra la temporada. La prolonga. Y este año la prolongó hacia un lugar improbable: una manzana de la colonia Roma que durante veintisiete años fue escombro y hoy es huerto.
Ahí, en el Huerto Roma Verde, se celebró la tercera edición del BioFunga Fest, organizado por Biofunga, bajo el lema México, Tierra de Hongos. Dos días, entrada libre, y un programa que se negó a elegir entre la ciencia y el placer: conferencias sobre conservación, biodiversidad, micoturismo y biotecnología; talleres de identificación de especies, cultivo, biomateriales de micelio, fermentación con koji, micoagroecología, fotografía y joyería; catas, caminatas micogastronómicas, actividades sonoras; concursos de fotografía, ilustración, cartel divulgativo y disfraces; y un bazar biológico donde los proyectos mexicanos del reino se dieron la cara unos a otros.

El lugar no es un detalle decorativo. El Huerto Roma Verde nació en 2012 sobre un predio del antiguo Multifamiliar Juárez, derrumbado por el sismo de 1985 y abandonado durante casi tres décadas. Un grupo de vecinos y organizaciones lo recuperó y lo convirtió en un laboratorio biosocial de permacultura: huerto, invernadero, captación de agua, domo geodésico, centro de acopio en emergencias. Un terreno que la ciudad había dado por muerto y que fue recolonizado por lo vivo. Difícil imaginar una metáfora más exacta para un festival de hongos.

Lo que pusimos sobre la mesa
Llegamos con la temporada encima, todavía con olor a bosque.

Silvestres frescos
- Pancita — Boletus spp. La carne densa, el aroma que no se parece a nada. El hongo que en México aprendió a llamarse por su forma antes que por su género.
- Duraznillo — Cantharellus cibarius. Amarillo de yema, con ese perfume afrutado que le dio el nombre; en otras regiones lo llaman membrillo o flor de calabacita, y siempre por la nariz.
- Gachupín — Helvella spp. Negro, retorcido, elegante hasta la insolencia. Un ascomiceto que parece escultura y que la etnomicología mexicana bautizó con humor propio: catrín, charamusquita, gachupín.
- Tejamanil — Clitocybe gibba. Embudo pálido de los hongos de viento, llamado así por el tejamanil, la tabla delgada de madera con que se techaban las casas del monte.
- Hongo de ardilla — Hygrophorus russula. Rosado jaspeado, firme, de los que aguantan el sartén sin deshacerse.
- Escobeta — Ramaria spp. Coral de tierra firme. Patita de pájaro, mano de dios, manita: pocos hongos tienen tantos nombres, y eso ya dice cuánto se comen.


Y además
- Nuestra línea de fermentos.
- Hongos gourmet deshidratados, la temporada convertida en despensa.
- Nuestra línea de adaptógenos.
- La obra de César Kevin Pérez-Pacheco —diseñador, artista, biólogo y micólogo— que viajó con nosotros.
- Y conocimiento para compartir, que era en realidad lo que veníamos a repartir.

No salimos del stand. Ni una conferencia, ni un taller: dos días completos de pie frente a las charolas, abriendo bolsas, dejando que la gente oliera. Y esa fue, al final, nuestra conferencia. Porque lo que ocurre cuando alguien que nunca ha tocado un hongo silvestre se lo lleva a la nariz no se explica desde un micrófono. Hay un gesto que se repite —los ojos que se cierran medio segundo, la cabeza que retrocede, la pregunta inevitable: ¿y esto cómo se come?— y ese gesto es el principio de todo. Un fungívoro no nace de un argumento. Nace de un olor.


Salimos felices por una razón simple: logramos extender lo poco que sabemos del reino Fungi, y a mucha gente le quedó encendida una pasión que no traía al entrar. Esparcir esporas, literalmente.
El micelio que se hizo visible
Un festival es, técnicamente, una fructificación: la parte visible y efímera de una red que llevaba mucho tiempo creciendo bajo tierra. Estos son algunos de los nodos con los que se conectó el nuestro.

- Biofunga — equipo dedicado a divulgar micología con base científica y a cultivar y procesar hongos comestibles y funcionales en México. Tres ediciones sosteniendo algo que el país necesitaba.
- Huerto Roma Verde — por prestar un suelo que ya es, en sí mismo, una lección de regeneración.
- Enrique González Porcayo — biólogo y cultivador, amigo de la casa. De esas conversaciones que valen el viaje.
- Opinel — que nos regaló una navaja. No cualquiera: la N°08 Champignon, hoja curva de acero inoxidable, bloqueo Virobloc y cepillo de cerda de jabalí montado en el mango, diseñada para cortar el carpóforo sin arrancar el micelio y limpiar la tierra sin lastimar la cutícula. Una casa savoyana que entendió antes que muchos que recolectar bien es una forma de conservar.
- Fungi Society — desde Guadalajara, por la complicidad.
- Timo Méndez — especialista, escritor y fotógrafo de hongos radicado en el centro de México, que nos regaló su póster de hongos comestibles y medicinales. Un póster es divulgación que se queda pegada en la pared: la forma más humilde y más terca de enseñar.
- Dr. Efrén Robledo Leal — micólogo de la Facultad de Ciencias Biológicas de la UANL, coanfitrión del podcast Entre Hongos junto con la Dra. Mariana Elizondo Zertuche, y responsable del desarrollo de Micelium, un material de micelio pensado como alternativa al cuero.
- Hongueras Pjiekakjoo — colectivo de mujeres hongueras del pueblo tlahuica-pjiekakjoo. Desde 2015 documentan el nombre de cada hongo en su lengua: hoy reconocen 202 especies, trabajo construido en diálogo con investigadores y con el Colegio de Postgraduados. Cada uno de esos nombres es también una coordenada del bosque. Guardar la lengua es guardar el mapa.
- Enrique Canseco — fungi chef mexicano, por esa fungidencia de gastronomía que armamos juntos.
- Daniel Robles García — etnomicólogo, por su trabajo con las comunidades ñäñho de Amealco, Querétaro: documentación del conocimiento micológico local, la ruta de los hongos y el impulso del Festival por la Cultura de los Hongos Silvestres.
- Lidia Macías — que viene llegando del encuentro micológico en Ecuador.
- Rubén Albarrán — que pasó por nuestra mesa. Gracias por la curiosidad, que en el fondo es la misma materia prima de todo esto.
- César Kevin Pérez-Pacheco — diseñador, artista, biólogo y micólogo, cuya obra viajó con nosotros.



Y quienes sostuvieron el festival desde atrás, en la lona de entrada: Opinel, Entre Hongos, FungiTierra, MTC Lab y Notsi. Un festival gratuito no es gratis: alguien lo paga para que nadie tenga que pagarlo en la puerta. Eso también es reciprocidad.
Y a todos los participantes: expositores, talleristas, ponentes, voluntarios y los cientos de personas que cruzaron la puerta sin saber gran cosa de hongos y salieron preguntando dónde comprar una guía.
La temporada no ha terminado
En septiembre sigue habiendo hongos. Y en las primeras semanas de octubre, también.
El micelio no atiende calendarios de festival: responde a la humedad del suelo y a la temperatura de la noche, y mientras esas dos variables aguanten, el bosque sigue fructificando. Por eso seguimos abriendo fechas de recorrido micológico para quien quiera venir a verlo con sus propios ojos, en sus propias manos, bajo sus propios pies.

Si el BioFunga te dejó con ganas, esta es la continuación natural: salir al bosque.
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