Manifiesto Funga

Durante siglos dijimos flora y fauna y creímos haber nombrado a la vida entera. Nos faltaba una palabra. Nos faltaba un reino.

Los hongos no son plantas. No hacen fotosíntesis, no echan raíces, no son verdes. Son Fungi: un reino propio, tan antiguo y tan esencial como los otros dos. Sin ellos no habría bosque —ninguna semilla prospera sin la red de micorrizas que la alimenta—, ni suelo fértil, ni pan, ni vino, ni queso, ni medicina. Sostienen el mundo desde abajo, y casi nadie los mira.

Esa ceguera tiene consecuencias. Los hongos son apenas cerca del 0.8% de las prioridades globales de conservación. Se talan bosques enteros sin contar jamás las especies fúngicas que mueren con ellos, porque no figuran en ninguna ley. Chile fue el primer país del mundo en reconocerlos en su legislación ambiental; hoy un compromiso internacional avanza para que otros lo hagan, rumbo a la próxima Conferencia de Biodiversidad de la ONU, en Armenia, en 2026. México —uno de los países más micodiversos del planeta, cuna de una etnomicología milenaria— aún guarda silencio.

Por eso adoptamos la tercera palabra: Funga. Junto a fauna y flora, funga. Nombrar es el primer acto de proteger. Cuando digas animales y plantas, di también hongos. Cuando alguien hable de la vida y olvide un reino, recuérdaselo.

Desde San Miguel de Allende, Simbiosis se declara voz de Funga en español. No pedimos que ames a los hongos. Pedimos que los veas.


Antes: el Manifiesto Simbiosis — quiénes somos, y por qué la alianza es nuestra forma de estar en el mundo.