FungiFacts #2 — Los hongos y el cuerpo humano: 10 conexiones que probablemente no conocías

En la primera entrega de FungiFacts vimos datos sobre el reino fungi en el mundo exterior — ecología, historia, civilización. En esta segunda entrega vamos más adentro: la conexión entre los hongos y el cuerpo humano, que resulta ser mucho más estrecha y antigua de lo que la mayoría de la gente imagina.

🔬 FungiFacts — Entrega #2: Los hongos y tu cuerpo


#1 — Tu cuerpo alberga más de 150 especies de hongos.

El micobioma humano — el conjunto de hongos que viven en y sobre el cuerpo — incluye más de 150 géneros fúngicos diferentes en personas sanas. La piel, la boca, el intestino, los pulmones y los genitales tienen comunidades fúngicas específicas. Candida, Malassezia, Aspergillus y Saccharomyces son géneros residentes normales. La mayoría son completamente benignos o beneficiosos — solo cuando el equilibrio se perturba (por antibióticos, inmunosupresión o estrés crónico) pueden causar problemas.


#2 — Los antibióticos que toman los antibióticos son producidos por hongos — para matar bacterias que compiten con ellos.

La penicilina, la cefalosporina, la griseofulvina y la ciclosporina son compuestos que los hongos evolucionaron como armas químicas en su guerra permanente con las bacterias por los mismos recursos. Cuando el médico te receta amoxicilina, en cierta forma está administrando el arsenal de un hongo. Los hongos llevan librando esa guerra química durante cientos de millones de años — nosotros simplemente aprendimos a reclutar sus armas.


#3 — La quitina de los hongos y el exoesqueleto de los insectos son químicamente idénticos.

La pared celular de los hongos está hecha de quitina — exactamente el mismo polisacárido que forma el caparazón de los cangrejos, las langostas, los insectos y las arañas. Los hongos son más cercanos a los animales que a las plantas — y la quitina es una de las evidencias moleculares. Curiosamente, esto tiene implicaciones prácticas: los inhibidores de quitina (compuestos que interfieren con su síntesis) son una diana prometedora para antifúngicos, porque los humanos no producimos quitina y un compuesto que la bloquee no debería ser tóxico para nosotros.


#4 — Los beta-glucanos de los hongos activan el sistema inmune usando los mismos receptores que reconocen patógenos peligrosos.

El sistema inmune tiene receptores especializados (Dectin-1, TLR-2) para reconocer beta-glucanos — la estructura de la pared celular de los hongos. El sistema inmune los interpreta como señal de presencia fúngica y activa la respuesta defensiva. Cuando tomas un extracto de hongos medicinales rico en beta-glucanos, estás básicamente enviando al sistema inmune un entrenamiento de bajo riesgo: práctica la respuesta inmune ante estructuras fúngicas sin que haya infección real. Es una forma de mantener el sistema inmune “en forma”.


#5 — Tu cuerpo produce endocannabinoides — y los hongos producen compuestos que modulan el mismo sistema.

El sistema endocanabinoide humano — el sistema de receptores CB1 y CB2 que regula el dolor, el sueño, el apetito y el estado de ánimo — tiene análogos fúngicos. Algunos compuestos del Reishi (Ganoderma lucidum) interactúan con receptores del sistema endocanabinoide, lo que puede explicar parte de sus efectos ansiolíticos y de apoyo al sueño. La conexión entre la farmacología fúngica y el sistema endocanabinoide es un área de investigación activa.


#6 — La psilocibina — el compuesto de los hongos psilocibios — es estructuralmente similar a la serotonina.

La psilocibina es una profármaco que el cuerpo convierte en psilocina, que a su vez se une a receptores de serotonina (5-HT2A) en el cerebro. La similitud estructural entre la psilocina y la serotonina es tan estrecha que el receptor las confunde. En la investigación clínica actual (Johns Hopkins, NYU, Imperial College London), la psilocibina está mostrando resultados notables para depresión resistente, PTSD y adicciones — no porque “haga magia”, sino porque activa de forma inusualmente intensa el sistema serotoninérgico, facilitando la neuroplasticidad y la reconexión de redes neuronales que en la depresión crónica quedan “atascadas”.


#7 — La ergotamina — derivada del hongo del centeno — inspiró la síntesis del LSD.

Claviceps purpurea es el hongo del ergot — el cornezuelo del centeno. En la Edad Media, intoxicaciones masivas con pan de centeno contaminado con este hongo producían episodios colectivos de convulsiones, alucinaciones y gangrena que se llamaban “fuego de San Antonio”. En 1943, el químico suizo Albert Hofmann, que trabajaba con alcaloides del ergot en busca de tratamientos circulatorios, sintetizó accidentalmente el LSD-25 y, al absorber trazas por la piel, experimentó los primeros efectos de la sustancia. El hongo del centeno — agente de terror medieval — fue el punto de partida de la psicodelia del siglo XX.


#8 — Los hongos producen vitamina D₂ cuando se exponen a la luz UV — igual que tu piel.

El ergosterol de la pared celular de los hongos se convierte en vitamina D₂ (ergocalciferol) cuando se expone a radiación ultravioleta — exactamente el mismo mecanismo por el que tu piel produce vitamina D₃ al exponerse al sol. Un hongo portobello expuesto al sol durante 15 minutos puede contener 400 UI de vitamina D₂ — suficiente para cubrir la ingesta diaria recomendada. Esto convierte a los hongos — especialmente Shiitake y Maitake — en una de las pocas fuentes vegetarianas naturales de vitamina D.


#9 — El Factor de Crecimiento Nervioso (NGF) que la Melena de León estimula también está implicado en el dolor crónico.

El NGF no solo regula el crecimiento y supervivencia neuronal — también está implicado en la sensibilización del dolor crónico. Esto explica un aparente paradoja: en investigación de dolor, se están estudiando anticuerpos anti-NGF para el dolor crónico (bloqueando el NGF reduce el dolor). En neurología, se estudian compuestos que aumentan el NGF para tratar degeneración. La Melena de León, al estimular NGF endógeno de forma localizada y moderada, podría actuar en un rango terapéutico entre los dos extremos — suficiente para apoyar la neuroplasticidad sin llegar a la sensibilización dolorosa. La investigación en este punto es aún preliminar.


#10 — Los hongos y los humanos compartimos ancestro — y eso explica por qué tantos compuestos fúngicos son biocompatibles con nuestros sistemas.

El ancestro común de los hongos y los animales (incluyendo los humanos) existió hace aproximadamente 1,000 millones de años. Compartimos vías metabólicas fundamentales — incluyendo el ciclo del ácido cítrico y partes de la cadena respiratoria mitocondrial. Esta proximidad evolutiva explica por qué tantos compuestos fúngicos interactúan con sistemas fisiológicos humanos de formas farmacológicamente relevantes: no somos tan distintos como parecemos. Somos, en cierto sentido, primos lejanos del hongo que tomamos por la mañana.


La próxima entrega de FungiFacts explorará la relación de los hongos con el futuro: materiales de micelio, micorremediación, micoprótena y lo que viene en la investigación con psilocibina.

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